viernes, 20 de marzo de 2015

AMOR (IV)

El amor de caridad (ágape)

Dijo Tucídides:

"Como vemos por experiencia en lo que toca a los hombres y creemos por tradición en lo que toca a los dioses, cualquier ser ejerce siempre, por un requisito natural, todo el poder de que dispone".

Se trata, de hecho, de la lógica de la guerra, pero también de la política y de la economía. Siempre y en todas partes, un partido o una empresa tenderán a ejercer al máximo su potencia, aunque (o quizá, precisamente) eso signifique oponerse a los demás, que se oponen a él o lo amenazan.Y como los contendientes, los partidos y las empresas se componen de personas, esa lógica acaba trascendiendo al individuo, llegando a la calle, a tí, a mí y a ella, y convirtiendo la coexistencia en una auténtica jungla donde lo que tú no tomes, a donde tú no llegues, será ocupado, tomado, usucapido por el más rápido, por el más fuerte o, simplemente, por el que pasaba por ahí. La ley de la jungla. La lucha por la supervivencia.

Piénsese en el típico ex o en el conato de pareja que en cuanto advierte que su infausto enamorado empieza a dar señales de felicidad en el seno (y aquí podría dejarlo) de otra relación, pone en marcha la maquinaria del Ilusionator (léase como Rastreator) o creador de falsas ilusiones, para peturbar a éste, llevarle al campo de la indecisión ("mengana es una joya, pero es que fulana, siempre será fulana...") y cuando el tercero-tirita se cansa de esperar, ZASCA!, ya tenemos al infausto enamorado de vuelta al pozo, porque, cruda realidad, el #típicoexoconatodepareja no pretendía nada más que mantener su cupo de fans, su dominio allí donde tiene la posibilidad de dominar.

O piénsese en la potencia alegre del amor, que de potente puede llegar a ser demasiado afirmativa, demasiado expansiva, demasiado invasiva, hasta el punto de convertir al ser amado en un ser sumamente dependiente.

Nos encontramos, por tanto, con que la lógica de la guerra, de la política y de la economía, se aplica también a nuestras relaciones intersubjetivas.




Lo dicho hasta ahora es verdad, siempre es verdad, salvo cuando existe el amor de caridad. ¿Que qué es el amor de caridad? Es un amor que renuncia a ejercer al máximo su potencia. Es un amor libre de cualquier concupiscencia, de cualquier codicia, de cualquier egoísmo; cuando sólo queda benevolencia, cuando quiero al otro por su propio bien y ya no por mi propio bien.

Dijo Adorno:

"Serás amado el día que puedas mostrar tu debilidad sin que el otro se sriva de ella para afirmar su fuerza".

Me cuesta encontrar ejemplos de este tipo de amor, quizá porque es un ideal, más que algo real. Y es que la regla general es el miedo, miedo a perderlo por practicarlo cada vez más amplio, cada vez más abierto y cada vez menos posesivo o egoísta. Miedo a sufrir. Miedo a hacer sufrir. Miedo a decepcionar. Miedo que nos lleva a dominar allí donde el otro descuida la vigilancia para amanecer instalados cuando se quiere dar cuenta, a imponer claúsulas de exclusividad y a exigir cuantiosas indemnizaciones si se incumplen en concepto de daños morales. Miedo. Tanto, que dará para otra entrada.

Pero, ojo, esto no pretende ser una oda a la relaciones abiertas, menos aún a las infidelidades, no es eso de lo que estoy hablando. Me refiero a que "el espíritu del amor es un espíritu de libertad: cuando el amor es más fuerte que el ego ya no hay que preocuparse de la moral, ni del deber, ni de la obligación; ya sólo hay que actuar por amor, y eso basta".

En definitiva, y con esto doy por terminado la temática Amor, en nuestra vida afectiva de lo que se trata es de intentar elevarse desde el amor más fácil, que también es el más importante, el más fundamental, el más fuerte (eros: primado de la sexualidad) hasta el amor más frágil, más incierto quizá: la alegría de dar, primero a sus allegados (philia) y, eventualmente, al prójimo (ágape). Esto no lo digo yo, por cierto, lo dice el enigmático libro, por fin revelado: "Ni el sexo ni la muerte: Tres ensayos sobre el amor y la sexualidad", André Comte-Sponville. Muy recomendable.








"La única medida del amor es amar sin medida"
  Bernardo de Claraval 

martes, 20 de enero de 2015

AMOR (III)

Amistad (philia)

 
Consumida la pasión que caracteriza al amor objeto de las últimas entradas, pasado el estado febril de enamoramiento en el que, quiero creer, me habéis imaginado al escribirlas, llegamos a otro tipo de amor: a la amistad o philia. Es ésta una transición del todo natural, pues el enamoramiento simplemente desaparece, lo cual no quiere decir que no quede nada entre los amantes, ya que transcurrido ese tiempo durante el cual la pasión se ha gastado a fuerza de disfrutarla, lo más probable es que se hayan convertido en amigos, en amigos íntimos, de hecho. Con ello la pareja entra en una nueva fase o, quizá, vuelve a la fase anterior a su recíproco enamoramiento, aunque matizada. Y es que no podemos negar que la relaciones cambian como cambian nuestros sentimientos y las circunstancias en las que nos hallamos, lo que provoca que así como los amantes pueden acabar siendo amigos, quienes en principio eran sólo amigos, pueden acabar convertidos en amantes. Eso sí, vivir con la esperanza de que tu amigo, del que estás enamorado, te acabe correspondiendo, no se lo aconsejo a nadie. Pero ese es otro tema.
 
Dice Aristóteles en referencia a este tipo de amor del que ahora tratamos, la amistad: "Amar es alegrarse". Alegrarse por la existencia del amigo, por el hecho de compartir la vida con él, por coexistir. Es también desear lo que no falta. Necesitar a otro, si no intensa y constantemente, como en el amor-pasión, sí perceptible y continuadamente. Claro que aquí, como en tantas otras cosas, se admite la graduación en función de lo íntimo de la relación y de las experiencias compartidas.
 
Amigos íntimos se tienen pocos. Todo el mundo lo dice, pero no explica el porqué. Tal vez porque mantenerlos exige un esfuerzo, cuidar la relación, preocuparse por el otro tanto o, incluso, más que por tí mismo y eso, queridos lectores, es algo a lo que no todo el mundo está dispuesto. Sin embargo, quien tenga o haya tenido un amigo de verdad, de esos que hacen que tu vida sea mejor, que marcan la diferencia, con el que te irías a cualquier sitio sin previa reserva y en un tren de mala muerte, sabe que merece la pena. Merece la pena abrigarse con el protocolo de quien se pone un traje antiébola y cruzar Madrid, Toledo o cualquier otra ciudad de la Meseta polar española y compartir con tu amigo ese momento de felicidad (suya o tuya) o de sufrimiento (suyo o tuyo). La vida, dicen, son momentos, y los mejores, esto lo digo yo, son los que se comparten con amigos, a ser posible, íntimos.
 
Con semejante reflexión termina "Hacia rutas salvajes", película que no me gustó nada, pero en la que, curiosamente, no he dejado de pensar desde entonces: "Happiness is only real, when shared". Demasiado tarde para entrar en razón, rebelde "güey".
 
 
 
 
 
 
 


jueves, 1 de enero de 2015

AMOR (II) - Cartas

Carta de Sofía


"Aceptamos el amor que creemos merecer".

Con esta cita, ¿recuerdas?, terminaste la conversación que sobre ese tema mantuvimos con Marcos y Alicia en el bar de siempre. Una frase peliculera de las que sueles sacarte de la manga a la que sólo le faltaban unos acordes de tu piano para ser el final de un capítulo trascendental de Friends.

Esa misma noche, despúes de despedirme de tí con un beso rápido que fui capaz de robarte, le estuve dando vueltas y he llegado a la conclusión de que en este nuevo año, 2015, no quiero estar contigo. Mi propósito sería dejar de quererte, pero me temo que eso es imposible.

Esta carta y su contenido te pillará de sorpresa, pensarás que me he vuelto loca o que es algún tipo de inocentada "en diferido". No es una decisión nada fácil, creéme. Soy consciente de que estoy enamorada de tí, pero también de que tú no lo estás de mí, probablemente nunca lo hayas estado, y es hora de afrontarlo. Empezaste conmigo porque no sabes estar sola, tú, La Reina de la Selva, acostumbrada a cambiar de pareja como quien cambia de liana, sin llegar a poner los pies en el suelo.

Me estoy dejando llevar y no querría que esta carta de despedida rezumara rencor, aunque el rencor (y mi maltrecho amor propio) es lo único que me lleva a tomar esta decisión. Eso y la verdad que con tanto fervor sacas a relucir: no acepto tu amor porque no me lo merezco. No merezco ese amor a medias y ese sufrimiento que intercalas y dosificas con excusas a las que, hasta ahora, me he aferrado para no abrir los ojos, esa migajas que me ofreces para no sentirte mal cuando coges lo que te doy. Lo quiero TODO porque TODO es lo que yo estoy dispuesta a darte, porque TODO es lo que te he dado y me he quedado vacía, sin una triste toalla de Decathlon con la que abrigarme del invierno que me espera tratando de olvidarte.

No te atrevas a volver a buscarme si no vienes dispuesta a darme todo lo que me merezco.


martes, 16 de diciembre de 2014

AMOR (II)- Cartas

Carta de Martina

Querido P. (utilizaré iniciales por si algún cotilla de Estadística intercepta esta carta):
Hoy no voy a ir a clase y creo que tú tampoco deberías ir. Me he enamorado. Esta vez va en serio, no como las veinte veces anteriores. ¿Que qué me hace pensar que esta vez es de verdad? Que lo siento así y eso es suficiente, pero ya que me pides detalles te diré que pienso en él a todas horas: la primera cuando me levanto, la última cuando, con la luz apagada, me despido del whatssup. A veces, incluso, compruebo medio insomne si le ha dado por escribirme a altas horas en un arrebato de amor. Nunca lo hace porque sigue colado por su ex, que pasa de él. No tengo nada contra ella (cada vez que la nombra me permito el lujo de imaginármela como una muñeca de vudú con joroba), pero hay que ser MUY tonta para no corresponderle. Aunque sólo sea por esos ojos color miel que todo lo investigan, por esa sonrisa capaz de iluminar Cortylandia. Yo, en su lugar, no le habría dejado escapar.
Me dices que debería darle una oportunidad a R., que se le ve muy dispuesto, a A., con el que crees que tengo muchas cosas en común, o, al menos, a G., porque te conseguiría entradas para el tenis, pero mis oportunidades empiezan y acaban con él, porque con él todo fluye. ¿Qué sentido tiene que, como sueles decirme, "tres de cada cuatro tíos estaría dispuesto a pasar el resto de su vida conmigo (y el disidente es gay)" si el único con el que yo estaría dispuesta a pasarla se muere por los huesos de otra?.
Venga, olvídate de la clase y de esa tal A. y reúnete conmigo en la cafetería, en la mesa de siempre. Ya es hora de que dejemos de ser Pili y Mili y nos convirtamos en BrAngelina.
M.
PD: acuérdate de decirle a J. que firme por nosotros en la lista de clase.

domingo, 14 de diciembre de 2014

AMOR (II)- Cartas

Aprovechando el jugoso tema del mes y para lo que queda del mismo, voy a publicar una serie de cartas de amor inventadas a partir de historias reales. Si alguien se atreve a inspirarme, que se manifieste. Aquí va la primera.
Carta de Adele
Me he enterado de que te vas casar. Quise enfadarme porque no fuiste tú quien me lo dijo, pero luego comprendí que no tenía mucho sentido que me llamaras o escribieras para contármelo después de dos años sin hablarnos. De todas formas, no habría cambiado lo que sentí al recibir la noticia.
Han pasado más de dos años desde que me dijiste que ya no estabas enamorado de mí y lo cierto es que aún pienso en tí cada día. Dicen que el tiempo lo cura todo, pero a este paso si consigo olvidarte será por Alzheimer. Me acuerdo de tu voz ronca y del sonido de tu risa. El otro día creí oírte por la calle. Me quedé paralizada.
Te preguntarás por qué te cuento esto, si se trata de un último intento a la desesperada por recuperarte. Sabes que ese nunca ha sido mi estilo, el de forzar situaciones abocadas al fracaso. Sólo quiero que sepas que aunque durante todo este tiempo me he esforzado por odiarte, por encontrar razones para pensar "si en realidad no es para tanto, seguro que encuentro a alguien mucho mejor", no lo he conseguido. Nadie ha podido cubrir tu ausencia. Todavía no.
Supongo que ella te ha hecho sentir cosas que nunca llegaste a sentir conmigo, que no estábamos destinados a estar juntos después de todo. Al menos me libraré de llamar Leopoldo a mi primer hijo...
Perdona que irrumpa así, con esta carta, en tu vida, pero necesitaba que supieses que aún te quiero y que, por eso mismo, te deseo lo mejor, que espero, de verdad y aunque me cueste reconocerlo, que seáis muy felices juntos.

lunes, 8 de diciembre de 2014

AMOR (II)

Amor-pasión (eros)

Pongamos que alguien me pidiese que definiera este tipo de los tres que hay del amor. No es que se me antoje muy probable que algún curioso me vaya a parar por la calle para, en lugar de preguntarme por el monumento de turno (Brad Pitts a la izquierda, Angelina Jolies a la derecha), hacerlo por mi definición personal del amor-pasión, pero yo, por si acaso, me la llevo preparada de casa, no vaya a ser...
 
Le he estado dando vueltas al asunto últimamente, aprovechando esos momentos cotidianos que invitan a la evasión: la cola del supermercado, subida en escaleras mecánicas, bajada en escaleras mecánicas (muy habitual donde vivo, que no, no es un Corte Inglés) o mientras mis compañeros de trabajo hablan de fútbol (¿sabíais que Cristiano Ronaldo es especialista en la técnica de lanzamiento conocida como la "folha seca"? Cosas que me pasan por no evadirme a tiempo). Ahí va el resultado de tanta cavilación: el amor es la intensa y constante necesidad de otro. De estar con él, de saber de él, de contarle lo que hacemos. Una necesidad que puede surgir de repente al conocer a alguien o ir gestándose progresivamente en el seno de una relación más o menos estrecha. Hasta un ser despreciable y egoísta como el J.Edgar interpretado por Leonardo Di Caprio habla de necesidad cuando al final de su vida revela a su compañero Tolson que fue eso lo que sintió la primera vez que le vio, dejando entrever su presunta relación amorosa. Sabía que le necesitaba desde el mismo momento en el que le conoció cuando nunca antes había sentido necesitar a  otra persona.
 
Mucho más interesante es, sin embargo, la explicación que del amor hace nuestro "enigmático libro". En él se dice que el amor-pasión es el amor que sentimos cuando estamos enamorados, añadiendo que el libro más bello jamás escrito sobre este tipo de amor, en opinión de casi todos los filósofos, es una famosísima obra de Platón llamada "El banquete". Se trata del relato de un diálogo que cuenta una comida entre amigos o una "borrachera en común". Y es que, qué duda cabe, los diálogos más fructíferos surgen en tales circunstancias (hasta que alguien tiene la brillante idea de invitar a chupitos de Jagger o de acabar la noche en Valencia).
 
Cada comensal, y son siete, formula su discurso, que es a la vez un intento de definición y un elogio del amor, si bien la tradición filosófica casi siempre destaca dos de ellos: el de Aristófanes y el de Sócrates.
 
Aristófanes nos cuenta una historia que ocurre en un tiempo anterior al tiempo en el que cada hombre y cada mujer eran dobles y, sin embargo, formaban una unidad perfecta. Es decir, tenían dos rostros, cuatro brazos, cuatro piernas y dos sexos. Algunos tenían dos sexos de hombre (los denominados varones); otros tenían dos órganos sexuales de mujer (conocidas como mujeres); y otros, por último, tenían un sexo de hombre y uno de mujer (los andróginos). Estos humanos, así dotados, tenían una fuerza y una audacia increíbles, hasta el punto de que intentaron escalar el cielo para luchar contra los dioses. Éstos, con el gemelo subido de puro miedo, fueron a ver a Zeus, el dios de los dioses, para pedirle que interviniera. Lo que hizo entonces Zeus fue partir en dos a aquellos humanos, siendo la versión resultante, nosotros, dos veces más débiles que aquéllos.
 
Desde esa escisión originaria, que nos hizo pasar de la unidad a la dualidad, de la completud a la incompletud, buscamos sin descanso la mitad que nos falta, nuestra "media naranja". Así las cosas, queda claro que Pau Donés es un seguidor de Aristófanes en toda regla.
 
 
 
 
Por cierto, una teoría o mito como este explica las diferentes orientaciones sexuales de las que es capaz la humanidad. Los que proceden de un varón son los homosexuales masculinos, las que proceden de una mujer son las homosexuales femeninas y quienes proceden de los andróginos son los heterosexuales. Se le escapan, eso sí, los bisexuales, a lo que quizá respondería con un "están en fase de transición quedando englobados en algunas de las anteriores categorías cuando encuentren a su media naranja".
 
Llegados a este punto no me cabe ninguna duda de que el tal Aristófanes, de existir hoy en día, trabajaría en Telecinco y que "Adán y Eva" sería el "Cuéntame cómo pasó" versión Jagger.
 
Señala André Comte-Sponville que este discurso de Aristófanes nos presenta el amor tal como nos gustaría que fuese, pero no como es en realidad; tal como lo soñamos, especialmente cuando somos jóvenes, el amor absoluto, el "gran amor", dotado de cuatro características principales: la exclusividad, la perpetuidad, la felicidad y la fusión.
 
Es Sócrates quien dice la verdad sobre el amor, quien lo describe tal como es, dice Comte-Sponville. Se resume en la siguiente ecuación:
 
amor = deseo = falta
 
"Sólo amamos aquello que deseamos, sólo deseamos aquellos que nos falta".
 
Desde esta perspectiva, enamorarse es que una cierta ausencia o la ausencia de cierta persona se ha apoderado de tí y es como un vacío que se va abriendo en tu alma o en tu mundo y que te arrastra. Enamorarse, en lenguaje platónico, es descubrir que echamos terriblemente de menos a alguien y que su posesión, eso creemos, nos colmaría de felicidad. En mi opinión, no hay película que mejor refleje esta teoría que "La vida de Adele", aunque he de reconocer que no he visto tantas películas como me hubiera gustado.
 
¿Qué ocurre cuando ya no existe la falta, cuando se tiene aquello que, desde entonces, ya no nos falta? Cabría pensar que la felicidad, ¿no? Pues no, llega Schopenhauer y nos espeta que ese estado no es ni el sufrimiento ni la felicidad, sino el tedio, entendido como "la ausencia de felicidad allí donde se esperaba que ésta existiera". Pero es que, por si fuera poco profundo el pozo al que Schopenhauer ha tirado toda la ilusión en la que descansa el discurso de Aristófanes, ahonda un poco más con la siguiente frase: "La vida oscila como un péndulo entre el sufrimiento y el tedio".
 
¿De verdad es esto lo que nos espera a quienes transitamos desde la ilusión de Aristófanes a la crudeza de Sócrates? Ni tanto ni tan poco, por favor. Hablemos del punto medio en el que, según Aristóteles, reside la virtud. Hablemos de la felicidad auténtica, dure lo que dure, que te embarga cuando estás en compañía de la persona que amas, cuando te pierdes hablando con ella mientras el tiempo pasa más rápido y amanece más temprano. "Hablemos de polvo y herida", de la necesidad que no se puede cubrir, del sufrimiento de echar de menos, de querer ejercer el derecho al olvido y no saber cómo. Pero hablemos también de que, como dijo una buena amiga, "todo llega", incluido el día en que, no es que duela menos, es que ya no duele nada porque has dejado de necesitar lo que no podías tener.


 
 



domingo, 9 de noviembre de 2014

AMOR (I)

Hace no mucho tiempo leí un libro muy interesante. Lo leí, lo disfruté y lo olvidé. Así ocurre con muchas de nuestras experiencias vitales, ¿verdad?. En realidad, lo que nos marca no es tanto ese libro, esa película o esa canción, sino las circunstancias en que los descubrimos. El “yo soy yo y mi circunstancia” de Ortega y Gasset que ya mencioné en mi anterior entrada. Un ejemplo clásico: esa canción pastelosa hasta la caries que pase el tiempo que pase te va a seguir recordando a esa persona por la que lo hubieras dado todo, pero que probado un trocito se llenó hasta el hartazgo. Esa misma canción no habría llamado tu atención, no se habría incrustado en tu memoria selectiva y no seguiría erizándote el vello o sacándote una irónca sonrisa (no seamos fantasmagóricos con la invocación al vello en punta) si no fuera por la circunstancia de enamoramiento febril en que te hallabas. Ojo, esa canción puede ser un temazo de ayer, hoy y siempre, un prodigio musical, pero no es mi caso, ¿qué le voy a hacer?. Es como el garrafón: tú no lo eliges, ÉL te elige a tí.

El caso es que las circunstancias en que descubrí aquel libro no me permitieron dedicarle un hueco en mi estrecho cajón de los recuerdos, apremiado por eventos de otra naturaleza que exigían todo mi tiempo y esfuerzo. Y es que nadie me recomendó ese libro. Llegó a mi vida como una ola, como diría “La Más Grande”, y se fue, también, con la marea.

Sin embargo, en circunstancias más favorables ha reaparecido este “enigmático” libro, en el momento oportuno para tratar un tema al que siempre he querido dedicarle unas líneas: el amor. Sí, queridos lectores (oh!), es el tema más interesante, si no para todos, sí, al menos, para la mayoría de las personas; si no siempre, sí, al menos, la mayoría de las veces. Prueba de ello es que el amor está presente en casi todas las películas, series, libros, canciones y poemas. También en la vida real, aunque a veces cueste reconocerlo. “¿Qué es más apasionante que amar y ser amado?”.

Ahora bien, como este tema da para mucho, lo trataremos en varias entradas. No me pregunteis cuántas, pues no me gusta planear más allá de la próxima comida. Sólo diré que “vario”, del latín varius (aquí se comieron la cabeza), significa en plural algunos, unos cuantos según la RAE, así que será más de una entrada (lo que hay que hacer para rellenar hoja).

Dice André Comte-Sponville en el referido libro que el amor es una virtud, aunque reconoce a continuación que no todo el amor es virtuoso y pone ejemplos como el amor por el dinero o por el poder o, a fortiori, el amor por la violencia y la crueldad. Define también la virtud como “una cualidad moral, es decir, una disposición que nos hace mejores, más excelentes, como diría Montaigne (…), o simplemente más humanos”. Siendo a veces una virtud, no puede ser un deber. En este sentido, Kant ha afirmado que “el amor es cosa del sentimiento, no de la voluntad. Yo no puedo amar porque quiera, pero todavía menos porque deba; de ahí que un deber de amar sea un absurdo”.

¿Os imaginais una sociedad en la que todos fuéramos virtuosos y nos amáramos unos a otros? Suena a utopía, más que nada porque nuestra capacidad de amar, no nos engañemos, es limitada. Amamos a un grupo reducido de personas del total con el que nos relacionamos. Téngase en cuenta que cuando hablo de amar, me refiero al amor en sentido amplio, que abarca, según el libro en cuestión, tres tipos de amor: el amor pasión (eros), la amistad (philia) y la caridad (ágape). -Sí, yo también me he quedado loca con este último; creí que Ágape era sólo un bar de copas-. Si el amor no cubre la totalidad de nuestras relaciones, ¿cómo ordenar las huérfanas de amor? Con la moral. Ésta nos dice que actuemos por amor o, como mínimo, como si amáramos. “Se trata de imitar, en nuestros actos, el amor que debería guiarlos o que de hecho los guía, pero como ideal y no como sentimiento real”. Un ejemplo (no tan clásico): un nieto que, por lo que sea, no ama a su abuela, no siente amor por ella, pero sometido a los dictados de la moral actúa como si la amara. En definitiva, “necesitamos la moral en función de nuestra incapacidad, en una u otra situación, para amar”.

¿Qué pasa cuando no puedo o no me da la gana de actuar de acuerdo con la moral, pero tampoco quiero ser objeto de sanción ni de oprobio? Entonces nos situamos en el nivel más básico, el que tan sólo nos exige actuar conforme a derecho, “que es el que se refiere a las relaciones objetivas (diría Hegel)”, y conforme a las reglas de la educación, “que se refiere a las relaciones subjetivas o intersubjetivas”. La diferencia con la moral, entiendo, es que ésta es más exigente que el derecho y que la educación y, quizá por esa razón, menos efectiva. Esto es, derecho y educación nos marcan el mínimo. De ahí, al cielo. Lo que no tengo tan claro es en qué nivel situar eso que he dicho en la anterior entrada de "espera del otro lo que tú le has dado". Está claro que no en el del amor, se queda corto ante tan importante virtud. ¿Demasiado, sin embargo, para el nivel básico? La decisión, queridos lectores (oh, oh!), la dejo en vuestras manos.

Me despido con un fragmento del “enigmático” libro que me ha gustado mucho:

“(...) el espíritu del amor es un espíritu de libertad: cuando el amor es más fuerte que el ego, ya no hay que preocuparse de la moral, ni del deber, ni de la obligación; ya solo hay que actuar por amor, y eso basta”.