lunes, 4 de febrero de 2019

VIAJE EN VESPA


    La siguiente historia casi termina aquí:



     Pero empecemos por el principio.
   Juan sostiene la urna en la que se hallan las cenizas de María, el amor de su vida y su esposa durante más de cuarenta años. "Ya ha pasado todo", piensa, "volvemos a estar solos". 
   Juan se encuentra en la habitación de la residencia a la que se mudaron cuando la enfermedad de María le impidió valerse por sí misma. Él no podía ocuparse de los dos y carecían de recursos para contratar a una o varias personas que estuvieran en su casa las veinticuatro horas del día. Sus hijos viven en otra ciudad, otra en la que han encontrado un buen trabajo, y pedirles que lo dejaran todo para hacerse cargo de la situación era algo que Juan y María no estaban dispuestos a hacer. 
  Tras el funeral en el tanatorio y el entierro, Juan volvió a la que había sido su habitación durante los últimos cinco años, en la que tenía pensado permanecer hasta que se diese la oportunidad de poner en marcha su plan. Ésta no tardó en aparecer y lo hizo, como en el último año, en forma de Vespa. 
   Y es que Juan se había percatado de que cada cierto tiempo una joven que decía conocer al hijo del dueño dejaba su moto aparcada en el garaje durante unos cuatro o cinco días, como mínimo. Nadie ponía objeción alguna. Es más, la chica en cuestión solía dejar las llaves al personal del centro por si hubiera que mover el vehículo, lo cual era aprovechado por José, el encargado del mantenimiento, para llevar a Daisy a dar una vuelta a la manzana. Nunca se había visto chihuahua más feliz en el vecindario. 
   El momento perfecto para coger la moto era la hora de comer, ya que el trabajador al que le tocaba estar en recepción tenía que ayudar al resto a llevar a los "clientes" al comedor, dejando su puesto, en el que se guardaban las llaves, vacío. Eficiencia empresarial lo llaman.
   Juan había tenido una Enfield, así que se sentía seguro conduciendo una Vespa. Colocó a María en el maletero que había debajo del sillón, donde encontró el casco integral de su propietaria, y avanzó hacia la puerta del garaje. Cuando ésta se alzó completamente se encontró frente a José y Daisy, que habían salido a dar su segundo paseo del día. Él se quedó mirándole confundido, sin poder reconocer a Juan, pero seguro de que esos no eran los ropajes propios de la amiga del dueño. "Demasiada pana y poco slim fit".
   Los nervios de Juan se dispararon y a punto estuvo de derrapar al incorporarse a la calle, pero logró mantener el control de la Vespa y alejarse rápidamente de un José atónito y una Daisy entretenida en olisquear la rueda de un coche aparcado.
  Diez minutos después, Juan respiraba más despacio y ya no sentía el latido de su corazón en la garganta, pero sabía que José habría dado la voz de alarma, así que tenía que avanzar lo más rápido posible. Solo cincuenta kilómetros le separaban de su objetivo.
   Tras una hora conduciendo a una velocidad que a Juan se le antojaba la velocidad de la luz, aunque no llegó a superar los 50 km/h, llegó a la playa en la que besó a María por primera vez. Tenía tan solo 21 años y no había podido dejar de pensar en ella desde que le había visto entrar en la tienda de comestibles de su padre. Después de haberle acompañado hasta el portal de su casa en varias ocasiones, María por fin había accedido a ver el atardecer con él en aquella maravillosa cala. 
   Aquel día el mar estaba revuelto, pero el lugar permanecía tal y como lo recordaba, ajeno al tiempo que había hecho surgir profundas arrugas en su cara, que había debilitado su cuerpo y que había convertido en cenizas a su bella María. 
   Le embargó una violenta rabia; rabia por su incapacidad de frenar el paso del tiempo, por la crueldad de vivir ya solo en pasado, por un futuro sin esperanza. Pensó en adentrarse en el mar y dejarse llevar por la corriente hasta perderse en su oleaje mientras gruesas lágrimas recorrían su accidentado rostro. Y entonces emergió del pasado un doloroso recuerdo. Su nieto, a punto de morir en la cama de un hospital donde había pasado los últimos años de su vida, sonriendo amargamente mientras decía "lo triste no es morir. Lo triste es no saber vivir."
    La rabia dejó pasó a una tristeza más profunda que el pozo de Totalán, más oscura que el carbón, devastadora como aquella noticia. Juan se arrodilló en la orilla, donde llegaban a morir las olas, abrió la urna y dejó ir a María siguiendo sus instrucciones. 
   Juan no recuerda el tiempo que permaneció en esa posición, tan solo que cuando el sonido de las sirenas de la policía le sacó de ese trance era de noche y temblaba de frío. 



   Hoy, a sus recién estrenados cien años, le preguntan cuál es el secreto para vivir tanto. Él responde: "dejar ir el pasado, por bueno o malo que sea, y aceptar el presente."
   Nosotros, espectadores, que esperábamos que nos ofreciera algo más banal (un ritual mañanero, una desconocida dieta a base de anacardos) nos encontramos con una respuesta que ni es un secreto ni es garantía para vivir cien años. Es la única forma de seguir viviendo. 
   

martes, 28 de marzo de 2017

HISTORIA DE AUTOBÚS


"No quiero morir hoy", amanecí pensando, "aún me quedan tantas cosas por vivir...".
Sin razón aparente para albergar tales pensamientos, más allá de un trágico sueño que no lograba recordar, me levanté de la cama para iniciar el ritual preparatorio de cada día.
El semáforo de mi calle estaba en verde. La vida me sonreía. Pero no por mucho tiempo, pues el semáforo de la perpendicular cambió a ámbar en cuanto me incorporé al carril correspondiente.
Ya en la estación estuve a solo treinta segundos de perder el autobús, 30, contados y sudados. De entre los escasos asientos disponibles elegí uno a medio camino entre la delantera senil y el fondo juvenil, patrón de distribución de pasajeros repetido en todos los autobuses del mundo.
Mi compañero de asiento, a pesar de mi cuidada selección de estamento de edad, resultó ser un hombre mayor, de rostro afable y mirada serena, lo que me incitó, en contra de todas las reglas del saber estar en-un-frío-autobús-de-capital-a-primera-hora-de-la-mañana, a dedicarle un sentido "buenos días." Su pertinente contestación, acompañada de una cálida sonrisa, prometía algo más que una mera cercanía física, y ese algo más, como casi todas las cosas importantes en la vida, que aparecen o suceden sin previo aviso (una mirada, un beso, una factura eléctrica...), me sorprendió poniéndome los cascos para escuchar esa canción de reguetón que solo me permito escuchar a escondidas.

¡DEEESPAAAACIIIITO!

Ese hombre, de rostro afable y mirada serena, me contó la historia más bonita y, al mismo tiempo, más amarga que me han contado jamás (en un autobús a las ocho de la mañana).





Decía así:

"Era el mejor de todos los guerreros del Reino. No solo contaba con una notable fuerza física, sino que era capaz de anticipar los movimientos del enemigo e idear con éxito sorprendentes emboscadas. Sus compañeros, incluso aquellos que se hallaban en las antípodas de su modo de concebir el mundo (eres libre, por tanto, elige, es decir, inventa), le admiraban y le temían al mismo tiempo, temor reverencial motivado por su demostrada intolerancia a la traición. Conocía  a la perfección las reglas y los usos sociales, pero no le importaba apartarse de ellos si lo que estaba en juego era el bien común. Era noble, íntegro, incorruptible.
Durante el periodo de formación entabló amistad con otros cinco guerreros nóveles, especialmente estrecha con los guerreros nº 6 y 11 por distintos motivos de afinidad. Concluida esta fase, los cinco guerreros fueron destinados a conflictivos, mas no estratégicos, enclaves, mientras al Mejor Guerrero del Reino le fue adjudicada un plaza de notoria importancia, dadas sus acreditadas habilidades, en la que se instaló con su familia.
No tardaron en llegar los malos tiempos en los que los puestos fronterizos, que se hallaban a cargo de los cinco nóveles guerreros, fueron acosados por la creciente presión ofensiva del enemigo.
A un nada fácil dilema se tuvo que enfrentar nuestro mejor guerrero: ¿ayudar a sus compañeros, con todos los riesgos que ello implicaba, o quedarse en su zona no amenazada? Dos eran las premisas con las que a tal dilema se enfrentaba:1) ningún provecho podría obtener con tal colaboración, 2) su propia vida estaba en juego; no obstante lo cual, El Mejor Guerrero del Reino, consciente de su valía, no dudó en acudir en auxilio de los puestos amenazados, a pesar de las súplicas de su familia. 
En un giro no tan inesperado de los acontecimientos, dada la debilidad geográfica del enclave, el flanco que fue atacado con mayor virulencia fue aquel sometido al control de la guerrera nº 11. A priori, la amenaza no representaba visos serios de materializarse en victoria, pues contaban con los efectivos de los restantes compañeros. Sin embargo, tales efectivos no llegaron nunca a sumarse a la defensa, pues sus dirigentes, aliviados en cierta medida por la relativa lejanía del peligro, cedieron a la presión social de sus poblaciones, temerosas en exclusiva por su propia seguridad, y en el último instante se retractaron del compromiso de colaboración con la guerrera nº 11 que habían contraído.
Cuando esta y El Mejor Guerrero del Reino se dieron cuenta de que el resto les habían fallado ya era demasiado tarde para cambiar la estrategia, así que, instantes antes de lanzarse a la lucha encarnizada, se miraron y sin palabras se dijeron: moriremos combatiendo. 
A ella le dolió más ver la caída en el campo de batalla del cuerpo sin vida de su amigo, el mejor, el único; que el frío acero que le atravesó el corazón. Pensó en su viuda y en su hija, llorando la ausencia de un padre derrotado en una lucha que no era la suya. Pensó en la cobardía del resto de sus compañeros, cuya falta de apoyo les abocó a la derrota. Pensó en la insignificancia de los momentos que había vivido junto a ellos. Pensó en la inmensa generosidad de aquel y en la mediocridad de estos.
Murió en un charco de sangre repleto de sentimientos contradictorios, mientras los otros cuatro temblaban en sus puestos viendo venir la inevitable derrota que se cernía sobre ellos, estratégica y moral."

Con frecuencia nos cuentan la historia de quienes vencieron en circunstancias adversas, logrando imponerse a engaños y traiciones. Casi nunca la de todos aquellos, quizá los mas, que pusieron todo su empeño, que lo arriesgaron todo por cambiar las cosas, por que prevalecieran en los momentos críticos esos valores comunes, generales, sobre los que tanto se ha escrito y poco practicado, y que, a pesar del esfuerzo, no lo consiguieron.

"Esta va por todos ellos", pensé al bajar del autobús, tras el "ha sido un placer" con el que me despedí del hombre de rostro afable y mirada serena.

miércoles, 11 de enero de 2017

DILEMA UNIVERSAL


De entre los miles de millones de estrellas que conforman la Vía Láctea, la Tierra, el lugar que habitamos, el suelo que expoliamos, se vio atraída por la fuerza de la gravedad del Sol. Vivimos en la creencia, huérfanos de toda certeza, de que no hay nada voluntario en este fenómeno. Desconocemos el origen exacto del mismo, todo son conjeturas, así como el momento, si es que llega, en el que dejará de ser así y qué ocurrirá entonces. De lo contrario, probablemente trataríamos de convencerla, osados humanos, de que probara otras estrellas diferentes ("vamos, no seas tímida, hay muchas estrellas en la galaxia", "¿cómo puedes estar segura de que es la estrella de tu vida si no has probado otras?", ¿de todas las estrellas de la galaxia justo esta, que es la que te pillaba más cerca, es la elegida? ¡venga ya!") o, incluso, osadía mayor, que constituyera su propio sistema ("no hay nada como la independencia, muñeca").






Ajena a este abanico de inciertas posibilidades, la Tierra gira, prudente y metódica, alrededor del Sol, cuya energía constituye la fuente de la vida que se desarrolla en el interior del planeta.
Vital para nosotros, autoproclamados amos y señores de todo lo que se encuentra en su faz, nos conviene no inmiscuirnos en los asuntos gravitatorios de la Tierra. Pero, ¿y si ella deseara secretamente aproximarse a su estrella predilecta, adelantarse a Venus y a Mercurio para situarse lo más cerca posible del Sol? ¿Y si no se conformara con el tercer puesto en la sucesión de planetas al que se halla relegada?
La Tierra, hogar también de hombres y mujeres brillantes, que con su valentía y solidaridad han conseguido logros que el resto de sus congéneres creían imposibles; cuna de luchadores por el bien común (del verdadero, no del que se alega como excusa para cometer las mayores tropelías o para apropiarse en primicia o en exclusiva de un beneficio que no les corresponde) que han llegado a hacerle sentir orgullosa, en momentos puntuales, de ser llamada por ellos "madre Tierra"; parece no encontrar,  sin embargo, la fuerza suficiente para aproximarse al Sol. Parece que tiene miedo.
¨¿Y si, molesto por mi inoportuno atrevimiento, me priva de su luz o me aleja hasta los fríos lugares que ocupan Urano y Neptuno?", podría estar pensando.
Si ese fuese su anhelo y llegara a exteriorizarlo sabe de sobra lo que le dirían los hombres y mujeres a los que merece la pena escuchar ("se valiente, atrévete, lucha por lo que quieres"). Se debatiría entonces entre sucumbir a sus debilidades, viejas conocidas implacables, o erigirse, triunfante, en digno reflejo de las más admirables actuaciones de sus moradores.
El caso es que la Tierra sigue en su sitio. En movimiento, pero paralizada, con todas sus contradicciones.
Será que siente que es una lucha perdida, que solo ahí, en la distancia, donde le ha tocado estar puede seguir disfrutando de la luz de la estrella a la que la fuerza de la gravedad mantiene unida y que sin esa luz no habrá nada capaz de salvarla de la oscuridad.
Será que ha perdido la ilusión. Será que se ha resignado.
O no.
Quizá haya aprendido de los errores cometidos por sus habitantes, los incautos, los atolondrados, los confiados; de aquellos que no prestaron atención a las señales e ignoraron la importancia del momento. Tal vez por ello permanezca a la espera, expectante, preparada para emprender el adelantamiento tan pronto como los astros se alineen a su favor.
Quizá, pero, insisto, solo quizá, se halle la Tierra ante un Dilema Universal.






lunes, 30 de mayo de 2016

RELATOS CORTOS: Éxito

Me sentía un auténtico fracasado.
Ninguna de mis obras conseguía conectar con la gente.
Todas pasaban desapercibidas,
no suscitando el interés de la crítica ni del público.
Los pocos que confiaban en mi talento
no se explicaban qué ocurría,
dónde estaba el fallo.
Era descorazonador esforzarse tanto y no obtener reconocimiento alguno;
agotador el chocarse contra el muro del fracaso una y otra vez.
Probé estilos diferentes y técnicas innovadoras.
Me obligué a estar al tanto de todo lo que pasaba
para hacerlo mío antes de que se convirtiera en trending topic
e iluminar con mi experiencia a los rezagados.
Pero no funcionó.
Lo único que conseguí fue perderme un poco a mí mismo en tan frenética carrera.
Hasta tal puntó llegó el desasosiego que sentía
que llegué a planear mi muerte.
Y en este punto no podía existir margen interpretativo alguno,
tenía que parecer exactamente lo que era:
un suicidio.
"La muerte de Marat" se me antojaba como una gran puesta en escena.
En el escrito que mi cadáver sostuviera sólo dos palabras:
incomprensión (la mía hacia el mundo) e indiferencia (la del mundo hacia mis obras, hacia mi persona).




Así estaban las cosas cuando, de repente, todo cambió.
Llegaron el éxito y el reconocimiento.
De mí dicen ahora que soy único, diferente,
que he revolucionado el mundo del arte manteniéndome fiel a mí mismo.
Tengo millones de seguidores de todos los rincones del mundo
y salir a la calle sin ser reconocido exige mayor caracterización que "El señor de los anillos".
¿Qué fue exactamente lo que ocurrió?
Sigo sin saberlo.
Lo que sí sé es que el cambio no se produjo en mí,
en mi manera de percibir o de comunicarme.
Supongo que ha variado la forma en que Los Otros me ven.
Cambios en el área ciega de la Ventana de Johari por causas que desconozco.
Algo así como observar la más virulenta de las tormentas
dando paso al cielo más claro que un Iphone haya podido fotografiar.
En cualquier caso,
he aprendido que el verdadero éxito consiste en no dejarse alterar por las influencias exteriores.








miércoles, 27 de abril de 2016

CRÍMENES (inspirados en Max Aub)

Comprenderán, señores, la crispación que genera la actual situación política del país.
Comprenderán también que, a pesar de ello, cada uno tenga sus filias y sus fobias.
Pues bien, yo soy de Arístides. Sin duda, el mejor de los líderes políticos con los que contamos, mi predilecto. Y es que han de saber que en política, como en el amor, soy muy fiel. Muy fiel y muy pasional, por qué no decirlo.
El caso es que yo había publicado en mi perfil de Facebook, que para eso lo tengo, mi opinión sobre las acertadísimas declaraciones efectuadas por Arístides en su última comparecencia ante los medios de comunicación. ¡Qué clarividencia, qué facilidad de palabra, cuánto sentido común!
A ver si con la cantidad de majaderías que gran parte de mis contactos tienen a bien difundir, no voy yo a poder publicar lo que me venga en gana.
La publicación la hice desde el ordenador de mi casa. Luego acompañé a mi hija a probarse su vestido de boda. Se casa a finales de julio, ¿saben? ¡Qué elegancia, qué sutileza! Entenderán que me moriría de pena si me perdiese la ceremonia, el enlace de mi hija más cabal. Con la otra, la menor, ya no sé a qué atenerme. ¡Ha votado a Sófocles!




Estuvimos aproximadamente dos horas con la modista y durante ese tiempo, atenta como estaba a la tarea que nos ocupaba, permanecí completamente ajena a la actividad que se estaba desarrollando en las redes a raíz de mi publicación.
Fue cuando salimos a la calle cuando desde mi móvil pude ver aquel comentario grosero, despectivo, inadmisible, clavado en mi tablón con toda naturalidad. Cómo se atrevía semejante personaje raído a criticar a Arístides con esa crudeza, a faltarle el respeto con esa ligereza. A él y a mí, claro, pero eso es lo de menos.
Además, dado el tiempo que había transcurrido entre la exteriorización de su infundada opinión y el momento en que tuve conocimiento de la misma y la posibilidad de borrarla, el resto de mis contactos y, quién sabe, también los suyos, no sólo pudieron leerla, sino que algunos descerebrados le dieron al Me gusta. ¡Un ultraje!
A partir de entonces, permítanme el apunte, lo sucedido fue una combinación de los riesgos tecnológicos y del destino. ¿Qué culpa tengo yo, señores, de que en plena ofuscación me encontrara al causante de mi enfado sentado plácidamente en una terraza mirando la pantalla de su móvil, regocijándose, probablemente, con las reacciones que su ruiz (¿o era ruin?) comentario había generado? Inconfundible con aquella mancha en su cabeza desprovista de pelo, ¿la han visto? ¿Verdad que parecía una mancha de café? Informe, llamativa, inevitable.
No me pude contener. Cogí el vaso de sidra que había encima de la mesa, tan delicado, tan afilado, y se lo clavé en el lugar que me indicaba la mancha.
¿Qué culpa tengo yo, señores, de que la mancha estuviese ubicada en un punto tan mortal?



miércoles, 25 de noviembre de 2015

RELATOS CORTOS: El reloj de Pepa

(basado en hechos reales)
 
 
Hay instantes que cambian tu vida para siempre o, al menos, la forma que tenías de verla. No es el caso de la historia de Pepa que os voy a contar a continuación, pero se comenta que los relatos hay que comenzarlos con fuerza y yo, bueno, yo soy mucho de seguir el dogma.
 
No era un lunes cualquiera en la vida de Pepa, eso sí es verdad, aunque sólo haciéndonos un selfie podríamos pretender que era extraordinario. Hacinada en el metro a primera hora de la mañana junto a otros ejemplares de su especie, volvía del centro de salud al que había acudido para hacerse unos análisis.
 
Nada serio. Acababa de cumplir 80 años y, al margen de algún que otro olvido, cuestiones sin importancia, no estaba preocupada por su salud, pero ésta, como tantas otras cosas, quería tenerla bajo control. Era la miembro más longeva de su familia  y desconocía por dónde podían salir los genes que había heredado.
 
El último pensamiento que cruzaba por la mente de nuestra protagonista antes de El Incidente era lo desmejorado que parecía el chico de la frutería de su supermercado habitual. "¿Cuándo había empezado a caérsele el pelo? ¿A dónde iba a llegar esa alopecia fulminante?". En fin, la calvicie y otro retos de la belleza masculina.
 
Entonces se dio cuenta de que no llevaba puesto su reloj. "¿Será que no me lo he llegado a poner?", pensó. "¡De ninguna manera! Siempre lo hago. Es ya un gesto mecánico".
 
En este punto, conviene que nos detengamos en la historia propia del reloj. Sus abuelos habían tenido una tienda de relojes que se vieron obligos a cerrar. Entre los pocos objetos que pudieron conservar se hallaba aquel reloj que su abuelo había regalado a su padre cuando se casó con su madre. Es el único recuerdo que tenía de ellos, pues cuando contaba con tan solo 6 años les mataron por ayudar a disidentes del régimen. Fue su tía quien lo encontró dentro de la zapatilla que su padre dejó debajo de la cama cuando fueron a arrestarles. (Si estáis pensando en Bruce Willis en Pulp Fiction, bienvenidos al camino del dogma).
 
Volviendo con Pepa al abarrotado vagón de metro, ésta miró alrededor y le pareció identificar su reloj en la muñeca de un sujeto que, al observarla, se dio media vuelta (una entera resultaba inviable) y se colocó de cara a una de las puertas. Para no perder el equilibrio el hombre se vio obligado a agarrarse a una de las barras y al hacerlo Pepa pudo distinguir con claridad su reloj. "Cabrón", se dijo, "¡por encima de mi cadáver!".
 
Una vez que consiguió colocarse detrás de él, empuñó el único elemento punzante que encontró en su bolso, una peligrosa lima de uñas, y clavándole la punta en la espalda le instó, amenazante, a que depositara el reloj en su bolso. Notó como el sujeto se erguía y se mantenía inmóvil unos segundos. Hundió un poco más la punta de la lima en su espalada, temerosa de que se diera la vuelta y descubriera a su agresora. Estaban a punto de llegar a la siguiente parada, que ya había sido anunciada. Por fin, el hombre cedió y depositó el reloj en el bolso de Pepa, saliendo con rapidez al andén una vez que las puertas se hubieron abierto. No se atrevió a volver la mirada al interior del vagón hasta que había avanzado unos cuantos metros. Cuando lo hizo y adivinó la cara de su anciana agresora, ya era demasiado tarde. Las puertas se habían cerrado y ésta se dirigía, sin haber procesado aún su éxito, a la siguiente estación.
 
Sólo cuando llegó a casa Pepa respiró aliviada, y satisfecha con su gesta sentenció, solemne: "Podrán arrebatarme lo que quieran, pero no mi pasado, no mis recuerdos. Nunca mi reloj",
 
Se disponía a guardar su trofeo en el cajón cuando allí mismo, donde lo había dejado, se hallaba su preciado reloj, el suyo de verdad, y no ese otro que le acababa de robar a un pobre infeliz, al que nunca sabremos si le dolió más la pérdida del reloj que le habían regalado sus padres cuando aprobó la oposición o haber sido atracado a punta de lima de uñas por una mujer que bien podría haber salido de "Las chicas de oro".
 
Pepa, por su parte, comenzaba ese día una larga y dura batalla contra el Alzheimer. Claro que, viéndolo así, quizá sí fuese el relatado uno de esos instantes que te cambian la vida o, al menos, la forma que tienes de verla.
 
 
 
 
 
 
 


lunes, 28 de septiembre de 2015

Triste carta a un recién nacido

Has llegado y uno de tus primeros gestos ha sido manotear en busca de un abrazo. Te irás y uno de tus últimos gestos será elevar los brazos buscando lo mismo. "Así es la cosa", dice Eduardo Galeano, "un viaje entre dos aleteos".
 
En el camino hallarás mucho odio; odio que nace del miedo; miedo inoculado, guiado por el deseo de poder. Y es que vivimos en un mundo no apto para seres indefensos, si bien es, precisamente, vuestra llegada la que, en la mayoría de los casos, saca lo mejor de quienes llevamos ya un tiempo aquí. Destellos de humanidad para ojos que empiezan a acostumbrarse a la penumbra.
 
Permíteme que actúe de anfitriona.
 
Has nacido en un continente, apodado El Viejo, que se ha lanzado a descubrir otros "nuevos" para someterlos, llevando a cabo un auténtico expolio; que se ha enriquecido con el tráfico de seres humanos y ha empezado a prohibirlo cuando ha dejado de ser rentable; en cuyo territorio se han cometido algunos de los más graves genocidios ("exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad", dice la RAE) de la Historia; que no perdona las deudas; que ha reconocido el estatus jurídico de refugiado, pero se muestra reticente a ofrecer refugio cuando se necesita; que niega el diálogo y se sorprende con la ruptura.
 
"Así es la cosa".
 
Y, a pesar de todo, has tenido suerte de nacer aquí.
 
Bienvenido.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

sábado, 8 de agosto de 2015

CRÍMENES (inspirados en Max Aub)

Habíamos quedado para comer. La verdad es que a mí no me hacía especial ilusión quedar con ella, pero era tanto el interés que había mostrado en que nos viéramos que empezaba a pensar que querría decirme algo importante, aunque no adivinaba qué asunto relevante podría plantearme un ser tan insustancial. Además, me cuesta inventar excusas aun cuando estoy segura de lo aburrido del evento. Nunca me ha gustado mentir.
 
El local era uno de los que se habían puesto de moda en la ciudad. Uno de tantos. Decoración aséptica, camareros con barba y, como no, el doble del que, examinándolo desde fuera, podría ser el aforo máximo. Nos hicieron hueco como pudieron en un extremo de la barra y, una vez acomodadas, mi (¿cómo podría decirlo?) "compañera" desenfundó el móvil (aunque quizá lo llevaba en la mano todo el tiempo) y comenzó a chatear vía whatssapp. Será un momento, pensé, quizás es de esas personas que tiene que comentarle en todo momento a su madre o a su pareja dónde está, con quién y qué hace. Como no tenía un conocimiento tan profundo de su persona, le concedí el beneficio de la duda. Mala señal cuando me dijo que pidiera lo que quisiera, que a ella le gustaba todo. Pedí una de callos, que en este tipo de restaurante nunca se llaman sólo callos, sólo por probar tan aventurada afirmación. Las mollejas las encargué porque me gustan.
 
Mientras esperábamos que trajeran la comida la conversación se vio interrumpida en varias ocasiones por el molesto pitido de sus mensajes, de los cuales, al tiempo que contestaba, me iba haciendo partícipe. Para entonces ya me había dado cuenta de que ni mi conversación con ella ni las múltiples que mantenía por el móvil justificaban que yo, en ese momento, estuviera allí con esa persona y no con cualquier otra, en cualquier otra parte. Mas, como me han educado bien, no hice muestra alguna de mi descontento. Antes bien, procuraba parecer realmente interesada en lo que hablábamos: ella, yo y sus contactos.
 
La comida nos la trajeron de una vez, por eso de que nos diéramos prisa. Era la hora punta y, según sus cálculos, en nuestro privilegiado extremo de la barra podrían caber cinco de las veinte personas que esperaban en la calle para entrar en el restaurante. Yo, tenedor en mano, ya me disponía a probar el primer callo cuando mi "compañera" decidió que era buen momento para sacarnos no una, sino varias fotos. Entonces extrajo de su bolso un palo, colocó en un extremo su móvil y me encargó a mí, "porque tienes el brazo más largo", que sostuviera aquél y presionara el botón. Todo el mundo sabe que quien saca el selfie es el peor parado, el rival más débil. También lo malos que están los callos y las mollejas, sobre todo las mollejas, cuando se enfrían. A pesar de ello cumplí, como pude, mi cometido, hecho lo cual, pude saborear la comanda. Que la comida estaba tan buena que compensaba la incomodidad del local y la molesta compañía sería mucho decir, pero fue una grata sorpresa. Materia prima de calidad y cuidado proceso de elaboración.  Si no me hubiera tenido que ir con prisa, me habría gustado felicitar al o a la chef (y, ya de paso, comprobar si también tenía barba).


 
 
Mientras yo elegía el postre, mi "compañera" elegía cuál de las múltiples fotos que nos habíamos sacado iba a subir a su cuenta de Instagram, Facebook, Twitter, Ing...y fue a colgar, precisamente, una en la que yo salía con los ojos cerrados. Verán, soy miope y las lentillas me secan los ojos, por lo que tengo que parpadear, de media, más que una persona, digamos, normal. No me preguntó, simplemente la subió y comprenderán que una, además de principios, tiene una imagen, así que me arrebaté. Lo reconozco, perdí los nervios y le clavé el palo selfie en un ojo. Presentó un poco de resistencia al principio, pero luego le atravesó la cabeza sin dificultad.
 
La dejé allí, en ese rincón, sangrando, pero antes le hice una foto y la subí a su cuenta. Tuvo muchos likes. Pensaron que era un montaje.

 

lunes, 13 de julio de 2015

NUESTRA PRESCRIPCIÓN EXTINTIVA O UNA VERDAD INCÓMODA

Nos creemos imprescriptibles y actuamos en consecuencia, ejerciendo lo que nos han contado son nuestros legítimos derechos ignorando plazos, desconociendo trámites, secundando el famoso "hoy no, mañana".
 
 
 
 
 
 
Así es, por norma, hasta que ocurre un suceso imprevisto, haciendo rechinar la maquinaria de la eterna postergación. Sólo entonces parecemos tomar conciencia de una verdad evidente y probada: la brevedad de nuestro tiempo, nuestra fragilidad. "Nunca es demasiado tarde", nos decimos con demasiada frecuencia, pero aun siendo esto cierto, que no lo es, ¿por qué no empezar ahora a hacer todo aquello que nos habíamos propuesto? ¿Por qué no comenzar ya a ser la persona en la que aspiramos a convertirnos?.
 
No se trata tan sólo de vivir el momento sin pensar en el futuro, que también, en cierta medida; sino de aprovechar las oportunidades que se no presentan, todas y cada una, de descartar el "para la próxima". Se trata de luchar, de no perder la ilusión, de no dejarse llevar por los convencionalismos, de ser AUTÉNTICO, en mayúsculas.
 
Pero se trata también de compartir, de construir cosas JUNTOS, también en mayúsculas.
 
 
 
 


Hoy se ha muerto un amigo de Facebook. Sí, esa categoría virtual en la que tienen cabida personas con las que sólo has llegado a intercambiar unas palabras, a las que quizá has felicitado por su cumpleaños porque la notificación te pilló en buen momento, a las que puedes hacer un seguimiento superficial con sólo un vistazo a sus últimas publicaciones. Se he muerto repentinamente y tenía mi edad, sus propios sueños y las expectativas, imagino, de nuestra generación. Se ha muerto y lo que más me ha impactado ya no es tanto el hecho en sí, sino la cantidad de mensajes que muchos de sus contactos han ido dejando en su muro a lo largo del día de hoy. Al principio he sentido cierto pudor, cierta incomprensión (¿por qué le escriben si saben que ya no lo puede leer?). Y entonces lo he entendido, están compartiendo su estupor, su dolor, el enfado que les genera, que me genera a mí también, asumir la verdad más universal: somos prescriptibles, estamos destinados a desaparecer, aunque prefiramos ignorarlo la mayor parte del tiempo. Porque compartir aligera la carga, nos ayuda a sobrellevar la crónica anticipada de nuestro destino, del tuyo y de quienes te rodean. Por esa razón, me sumo a la tendencia, a mi manera, y pienso en él para encontrarme con el recuerdo de un chico dulce, con esa clase de dulzura que te hace confiar, que te hace sentirte cómoda durante esos expectantes primeros momentos de relación con un ser humano hasta entonces desconocido.
 
Lo que deseo es que si ha tenido la oportunidad de preguntarse "si me dieran otra oportunidad, ¿qué cambiaría de mi vida?", haya sido capaz de contestar como una luchadora que he tenido la suerte de conocer y a la que la muerte, por fortuna, ha decidido no llevarse tan pronto: "nada, no cambiaría nada". Seguiría viviendo mi vida como hasta ahora, porque esa es la vida que he soñado.
 

martes, 7 de julio de 2015

EL PODER DE LAS SITUACIONES

Cuando el calor de estas noches que se confunden con días no me deja dormir pienso en mí, pienso en tí, pienso en ella: en la Psicología.

Se dice con frecuencia que quienes la estudian lo hacen con el fin de entenderse a sí mismas y las causas de su enajenación, de ahí la desconfianza, poco menos que generalizada, hacia su labor y los resultados de la investigación en este campo. Falso. Casi tanto como que nuestros antecesores, al asentarse en el interior de ésta, nuestra Península ibérica, lo hicieron por lo bondadoso de su clima (nota de la autora: escribir no es fácil con este caloret, tampoco ignorarlo).

La utilidad de la Psicología, como la de cualquier otra ciencia social, radica en que nos ayuda a comprender cómo nos comportamos las personas en sociedad, cómo nos relacionamos y cómo ante una experiencia traumática tendemos a levantar muros que nos alejan de quienes antes nos eran próximos. Y es que "somos con otros" (Ubuntu!) y, con demasiada frecuencia, "contra otros". Somos "zoon politikón" (porque lo griego está de moda).

Sirva lo anterior como introducción al interesante libro "El efecto Lucifer. El porqué de la maldad", de Philip Zimbardo. En él se analiza un experimento realizado en agosto de 1971 en la Universidad de Stanford, consistente en la simulación de la vida en prisión con un grupo de estudiantes que asumieron los roles de reclusos y carceleros. Los resultados son muy llamativos y han servido para explicar otros fenómenos que se han dado a lo largo de la historia, como el exterminio de personas en los campos de concentración nazis o los abusos realizados por soldados estadounidenses en la prisión de Abu Grahib. Intentar resumir tan denso libro o sacar mis propias conclusiones sería casi tan arriesgado como pedir el peinado de Rihanna en una peluquería de Torrijos, así que prefiero citar textualmente un pasaje que me parece fundamental y quedarme con mi melena de perro de aguas.

"LA IMPORTANCIA DE LAS SITUACIONES

Dentro de ciertos entornos sociales que tienen poder, la naturaleza humana se puede transformar de una forma tan drástica como la transformación química del doctor Jekyll en míster Hyde en la rica fábula de Robert Louis Stevenson. El interés que ha seguido teniendo el Experimento de la Prisión de Stanford (EPS) a lo largo de tanto decenios se debe, creo yo, a la sorprendente transformación del carácter que se produjo en el experimento, al hecho de que unas personas buenas se convirtieran de repente en unos carceleros que actuaban con maldad o en unos reclusos que manifestaban una pasividad patológica en respuesta a las fuerzas situacionales que actuaban sobre ellos.

Es posible inducir, seducir e iniciar a buenas personas para que acaben actuado con maldad. También es posible hacer que actúen de una manera irracional, estúpida, autodestructiva, antisocial e irreflexiva si se las sumerge en una situación total cuyo impacto en su naturaleza haga tambalear la sensación de estabilidad y coherencia de su personalidad, su carácter, su moralidad.

Queremos creer en la bondad esencial e invariable de la gente, en su capacidad de resistir ante las presiones externas, de evaluar de una manera racional las tentaciones de la situación y rechazarlas. Otorgamos a la naturaleza humana unas cualidades cuasi divinas, unas facultades morales y racionales que nos hacen ser justos y sabios. Simplificamos la complejidad de la experiencia humana erigiendo un muro aparentemente infranqueable entre el Bien y el Mal. En un lado estamos Nosotros y están los Nuestros, los que son como nosotros; al otro lado de ese muro colocamos a los Otros y a los Suyos, a los que son como ellos. Paradójicamente, al haber creado este mito sobre nuestra invulnerabilidad  a las fuerzas situacionales, nos hacemos aún más vulnerables a ellas por no prestarles suficiente atención.

El EPS, junto con muchas otras investigaciones de las ciencias sociales (...), revela un mensaje que no queremos aceptar: que la mayoría de nosotros podemos sufrir unas transformaciones inimaginables cuando estamos atrapados en una red de fuerzas sociales. Lo que imaginamos que haríamos cuando nos encontramos fuera de esa red puede tener muy poco que ver con aquello en lo que nos convertimos y con lo que somos capaces de hacer cuando nos vemos atrapados en ella. El EPS nos dice que abandonemos la noción simplista de un yo bueno capaz de dominar las situaciones malas. La mejor manera de evitar, impedir, cuestionar y cambiar esas fuerzas situacionales negativas es reconocer su poder para infectarnos como han infectado a muchos otros que se han hallado en situaciones similares. Haríamos bien en interiorizar el significado de las palabras de Terencio, el autor romano cuando decía: Nada de lo humano me es ajeno.

Es ésta una dura lección que la historia nos ha dado en incontables ocasiones: la transformación de la conducta de los guardias de los campos de concentración nazis o la transformación que provocan sectas destructivas como el Templo del Pueblo de Jim Jones o la secta japonesa Aum Shinrikyo. Los genocidios y las atrocidades de Bosnia, Kosovo, Ruanda, Burundi y, últimamente, de la región de Darfur en el Sudán, también nos dan ejemplos sobrecogedores de personas que renuncian a la humanidad y la compasión ante el poder social y las ideologías abstractas de la conquista y la seguridad nacional.

En un entorno situacional adecuado, cualquiera de nosotros puede acabar repitiendo cualquier acto que haya cometido antes cualquier otro ser humano, por muy horrible que pueda ser. Este conocimiento no excusa de ningún modo la maldad; más bien la democratiza y distribuye su culpa entre personas comunes y corrientes, en lugar de centrarla en los malvados y los déspotas, en los Otros en lugar de Nosotros.

La principal y más sencilla lección del EPS es que las situaciones tienen importancia. Las situaciones sociales pueden tener en la conducta y en la manera de pensar de personas, grupos y dirigentes unos efectos mucho más profundos de lo que creemos. Algunas situaciones pueden ejercer en nosotros una influencia tan poderosa que podemos acabar actuando de una manera que nunca habríamos imaginado.

El poder situacional se hace notar más en entornos nuevos, en entornos donde la gente no puede recurrir a unas directrices previas con las que guiar su conducta. En estas situaciones las estructuras habituales de recompensa son diferentes y no se cumplen las expectativas; las variables de la personalidad tienen muy poco valor predictivo, porque la persona imagina sus actos basándose en sus reacciones anteriores en situaciones que no tienen nada que ver con la nueva situación a la que se enfrenta, como en el caso de los reclusos y los carceleros de nuestro estudio.

Así pues, siempre que intentemos entender la causa de una conducta extraña o atípica, sea propia o ajena, debemos empezar por un análisis de la situación. Sólo deberíamos dar prioridad a un análisis de la persona (genes, personalidad, patologías, etcétera) si el estudio a fondo de la situación no nos ayuda a entender su conducta. Según mi colega Lee Ross, este enfoque nos invita a practicar lo que él llama benevolencia atributiva. Dicho de otro modo, en lugar de empezar culpando al autor del acto, somos benévolos y primero estudiamos el contexto en busca de factores determinantes  propios de la situación.

Sin embargo, es más fácil hablar de la benevolencia atributiva que aplicarla porque la mayoría de nosotros tenemos un poderoso perjuicio mental, el llamado error fundamental de atribución, que nos impide pensar de esta manera. Las sociedades que fomentan el individualismo, como los Estados Unidos y otros países de Occidente, han acabado creyendo que la disposición de la persona tiene más importancia que la situación. Al explicar una conducta otorgamos demasiada importancia a la personalidad y le damos muy poca a las influencias situacionales. (...)".

Va por quienes se esfuerzan por construir puentes y estrechar lazos aun desde la comodidad de su atalaya.



domingo, 19 de abril de 2015

EL CAMINO DEL MIEDO

Miedo. La has perdido por miedo. Y no me digas que lo has intentado, no te atrevas. Tú, mejor que nadie, sabes que no ha sido así.
 
Por miedo no has conocido sus defectos, esos que la devuelven a la caverna donde tú y yo nos batimos el cobre, que la despojan del toque de divinidad con el que le has querido pintar en el lienzo de tu imaginación, que le hacen descender del trono que has construido sólo para ella, inaccesible, piensas, para quienes han osado aspirar a ocupar su lugar.
 
Por miedo no has conocido su debilidad, no has visto sus ojos claros ahogados en lágrimas fruto de un llanto mudo, discreto. No los has visto, pero lo has provocado.
 
 
 
 
 
Ella, que estaba dispuesta a dártelo todo, se ha encontrado con tu silencio.
 
Ella, que habría luchado contra esas circunstancias de las que tú has hecho un muro infranqueable, se ha tenido que recomponer por dentro para seguir adelante. Una negativa más, una ilusión menos.
 
A ella, que creía que merecía la pena le has demostrado que no a base de miedo. Miedo a sufrir, a no estar a la altura de lo que tú creías que esperaba de ti, a hacerle sufrir. Y, precisamente, a todo esto le ha llevado tu miedo. El tuyo, porque al suyo ella lo venció estoicamente el día que decidió intentarlo y se echó a la espalda el peso de los dos hasta que éste se volvió insoportable.
 
En el futuro, cuando mires hacia atrás, estoy segura que encontrarás una excusa para justificarte, un "si no fue, es que no tenía que ser", pero en el fondo, quizá muy en el fondo, sentirás haber perdido la oportunidad de intentarlo, de haber elegido El Camino del Miedo.
 
 


viernes, 20 de marzo de 2015

AMOR (IV)

El amor de caridad (ágape)

Dijo Tucídides:

"Como vemos por experiencia en lo que toca a los hombres y creemos por tradición en lo que toca a los dioses, cualquier ser ejerce siempre, por un requisito natural, todo el poder de que dispone".

Se trata, de hecho, de la lógica de la guerra, pero también de la política y de la economía. Siempre y en todas partes, un partido o una empresa tenderán a ejercer al máximo su potencia, aunque (o quizá, precisamente) eso signifique oponerse a los demás, que se oponen a él o lo amenazan.Y como los contendientes, los partidos y las empresas se componen de personas, esa lógica acaba trascendiendo al individuo, llegando a la calle, a tí, a mí y a ella, y convirtiendo la coexistencia en una auténtica jungla donde lo que tú no tomes, a donde tú no llegues, será ocupado, tomado, usucapido por el más rápido, por el más fuerte o, simplemente, por el que pasaba por ahí. La ley de la jungla. La lucha por la supervivencia.

Piénsese en el típico ex o en el conato de pareja que en cuanto advierte que su infausto enamorado empieza a dar señales de felicidad en el seno (y aquí podría dejarlo) de otra relación, pone en marcha la maquinaria del Ilusionator (léase como Rastreator) o creador de falsas ilusiones, para peturbar a éste, llevarle al campo de la indecisión ("mengana es una joya, pero es que fulana, siempre será fulana...") y cuando el tercero-tirita se cansa de esperar, ZASCA!, ya tenemos al infausto enamorado de vuelta al pozo, porque, cruda realidad, el #típicoexoconatodepareja no pretendía nada más que mantener su cupo de fans, su dominio allí donde tiene la posibilidad de dominar.

O piénsese en la potencia alegre del amor, que de potente puede llegar a ser demasiado afirmativa, demasiado expansiva, demasiado invasiva, hasta el punto de convertir al ser amado en un ser sumamente dependiente.

Nos encontramos, por tanto, con que la lógica de la guerra, de la política y de la economía, se aplica también a nuestras relaciones intersubjetivas.




Lo dicho hasta ahora es verdad, siempre es verdad, salvo cuando existe el amor de caridad. ¿Que qué es el amor de caridad? Es un amor que renuncia a ejercer al máximo su potencia. Es un amor libre de cualquier concupiscencia, de cualquier codicia, de cualquier egoísmo; cuando sólo queda benevolencia, cuando quiero al otro por su propio bien y ya no por mi propio bien.

Dijo Adorno:

"Serás amado el día que puedas mostrar tu debilidad sin que el otro se sriva de ella para afirmar su fuerza".

Me cuesta encontrar ejemplos de este tipo de amor, quizá porque es un ideal, más que algo real. Y es que la regla general es el miedo, miedo a perderlo por practicarlo cada vez más amplio, cada vez más abierto y cada vez menos posesivo o egoísta. Miedo a sufrir. Miedo a hacer sufrir. Miedo a decepcionar. Miedo que nos lleva a dominar allí donde el otro descuida la vigilancia para amanecer instalados cuando se quiere dar cuenta, a imponer claúsulas de exclusividad y a exigir cuantiosas indemnizaciones si se incumplen en concepto de daños morales. Miedo. Tanto, que dará para otra entrada.

Pero, ojo, esto no pretende ser una oda a la relaciones abiertas, menos aún a las infidelidades, no es eso de lo que estoy hablando. Me refiero a que "el espíritu del amor es un espíritu de libertad: cuando el amor es más fuerte que el ego ya no hay que preocuparse de la moral, ni del deber, ni de la obligación; ya sólo hay que actuar por amor, y eso basta".

En definitiva, y con esto doy por terminado la temática Amor, en nuestra vida afectiva de lo que se trata es de intentar elevarse desde el amor más fácil, que también es el más importante, el más fundamental, el más fuerte (eros: primado de la sexualidad) hasta el amor más frágil, más incierto quizá: la alegría de dar, primero a sus allegados (philia) y, eventualmente, al prójimo (ágape). Esto no lo digo yo, por cierto, lo dice el enigmático libro, por fin revelado: "Ni el sexo ni la muerte: Tres ensayos sobre el amor y la sexualidad", André Comte-Sponville. Muy recomendable.








"La única medida del amor es amar sin medida"
  Bernardo de Claraval 

martes, 20 de enero de 2015

AMOR (III)

Amistad (philia)

 
Consumida la pasión que caracteriza al amor objeto de las últimas entradas, pasado el estado febril de enamoramiento en el que, quiero creer, me habéis imaginado al escribirlas, llegamos a otro tipo de amor: a la amistad o philia. Es ésta una transición del todo natural, pues el enamoramiento simplemente desaparece, lo cual no quiere decir que no quede nada entre los amantes, ya que transcurrido ese tiempo durante el cual la pasión se ha gastado a fuerza de disfrutarla, lo más probable es que se hayan convertido en amigos, en amigos íntimos, de hecho. Con ello la pareja entra en una nueva fase o, quizá, vuelve a la fase anterior a su recíproco enamoramiento, aunque matizada. Y es que no podemos negar que la relaciones cambian como cambian nuestros sentimientos y las circunstancias en las que nos hallamos, lo que provoca que así como los amantes pueden acabar siendo amigos, quienes en principio eran sólo amigos, pueden acabar convertidos en amantes. Eso sí, vivir con la esperanza de que tu amigo, del que estás enamorado, te acabe correspondiendo, no se lo aconsejo a nadie. Pero ese es otro tema.
 
Dice Aristóteles en referencia a este tipo de amor del que ahora tratamos, la amistad: "Amar es alegrarse". Alegrarse por la existencia del amigo, por el hecho de compartir la vida con él, por coexistir. Es también desear lo que no falta. Necesitar a otro, si no intensa y constantemente, como en el amor-pasión, sí perceptible y continuadamente. Claro que aquí, como en tantas otras cosas, se admite la graduación en función de lo íntimo de la relación y de las experiencias compartidas.
 
Amigos íntimos se tienen pocos. Todo el mundo lo dice, pero no explica el porqué. Tal vez porque mantenerlos exige un esfuerzo, cuidar la relación, preocuparse por el otro tanto o, incluso, más que por tí mismo y eso, queridos lectores, es algo a lo que no todo el mundo está dispuesto. Sin embargo, quien tenga o haya tenido un amigo de verdad, de esos que hacen que tu vida sea mejor, que marcan la diferencia, con el que te irías a cualquier sitio sin previa reserva y en un tren de mala muerte, sabe que merece la pena. Merece la pena abrigarse con el protocolo de quien se pone un traje antiébola y cruzar Madrid, Toledo o cualquier otra ciudad de la Meseta polar española y compartir con tu amigo ese momento de felicidad (suya o tuya) o de sufrimiento (suyo o tuyo). La vida, dicen, son momentos, y los mejores, esto lo digo yo, son los que se comparten con amigos, a ser posible, íntimos.
 
Con semejante reflexión termina "Hacia rutas salvajes", película que no me gustó nada, pero en la que, curiosamente, no he dejado de pensar desde entonces: "Happiness is only real, when shared". Demasiado tarde para entrar en razón, rebelde "güey".
 
 
 
 
 
 
 


jueves, 1 de enero de 2015

AMOR (II) - Cartas

Carta de Sofía


"Aceptamos el amor que creemos merecer".

Con esta cita, ¿recuerdas?, terminaste la conversación que sobre ese tema mantuvimos con Marcos y Alicia en el bar de siempre. Una frase peliculera de las que sueles sacarte de la manga a la que sólo le faltaban unos acordes de tu piano para ser el final de un capítulo trascendental de Friends.

Esa misma noche, despúes de despedirme de tí con un beso rápido que fui capaz de robarte, le estuve dando vueltas y he llegado a la conclusión de que en este nuevo año, 2015, no quiero estar contigo. Mi propósito sería dejar de quererte, pero me temo que eso es imposible.

Esta carta y su contenido te pillará de sorpresa, pensarás que me he vuelto loca o que es algún tipo de inocentada "en diferido". No es una decisión nada fácil, creéme. Soy consciente de que estoy enamorada de tí, pero también de que tú no lo estás de mí, probablemente nunca lo hayas estado, y es hora de afrontarlo. Empezaste conmigo porque no sabes estar sola, tú, La Reina de la Selva, acostumbrada a cambiar de pareja como quien cambia de liana, sin llegar a poner los pies en el suelo.

Me estoy dejando llevar y no querría que esta carta de despedida rezumara rencor, aunque el rencor (y mi maltrecho amor propio) es lo único que me lleva a tomar esta decisión. Eso y la verdad que con tanto fervor sacas a relucir: no acepto tu amor porque no me lo merezco. No merezco ese amor a medias y ese sufrimiento que intercalas y dosificas con excusas a las que, hasta ahora, me he aferrado para no abrir los ojos, esa migajas que me ofreces para no sentirte mal cuando coges lo que te doy. Lo quiero TODO porque TODO es lo que yo estoy dispuesta a darte, porque TODO es lo que te he dado y me he quedado vacía, sin una triste toalla de Decathlon con la que abrigarme del invierno que me espera tratando de olvidarte.

No te atrevas a volver a buscarme si no vienes dispuesta a darme todo lo que me merezco.


martes, 16 de diciembre de 2014

AMOR (II)- Cartas

Carta de Martina

Querido P. (utilizaré iniciales por si algún cotilla de Estadística intercepta esta carta):
Hoy no voy a ir a clase y creo que tú tampoco deberías ir. Me he enamorado. Esta vez va en serio, no como las veinte veces anteriores. ¿Que qué me hace pensar que esta vez es de verdad? Que lo siento así y eso es suficiente, pero ya que me pides detalles te diré que pienso en él a todas horas: la primera cuando me levanto, la última cuando, con la luz apagada, me despido del whatssup. A veces, incluso, compruebo medio insomne si le ha dado por escribirme a altas horas en un arrebato de amor. Nunca lo hace porque sigue colado por su ex, que pasa de él. No tengo nada contra ella (cada vez que la nombra me permito el lujo de imaginármela como una muñeca de vudú con joroba), pero hay que ser MUY tonta para no corresponderle. Aunque sólo sea por esos ojos color miel que todo lo investigan, por esa sonrisa capaz de iluminar Cortylandia. Yo, en su lugar, no le habría dejado escapar.
Me dices que debería darle una oportunidad a R., que se le ve muy dispuesto, a A., con el que crees que tengo muchas cosas en común, o, al menos, a G., porque te conseguiría entradas para el tenis, pero mis oportunidades empiezan y acaban con él, porque con él todo fluye. ¿Qué sentido tiene que, como sueles decirme, "tres de cada cuatro tíos estaría dispuesto a pasar el resto de su vida conmigo (y el disidente es gay)" si el único con el que yo estaría dispuesta a pasarla se muere por los huesos de otra?.
Venga, olvídate de la clase y de esa tal A. y reúnete conmigo en la cafetería, en la mesa de siempre. Ya es hora de que dejemos de ser Pili y Mili y nos convirtamos en BrAngelina.
M.
PD: acuérdate de decirle a J. que firme por nosotros en la lista de clase.

domingo, 14 de diciembre de 2014

AMOR (II)- Cartas

Aprovechando el jugoso tema del mes y para lo que queda del mismo, voy a publicar una serie de cartas de amor inventadas a partir de historias reales. Si alguien se atreve a inspirarme, que se manifieste. Aquí va la primera.
Carta de Adele
Me he enterado de que te vas casar. Quise enfadarme porque no fuiste tú quien me lo dijo, pero luego comprendí que no tenía mucho sentido que me llamaras o escribieras para contármelo después de dos años sin hablarnos. De todas formas, no habría cambiado lo que sentí al recibir la noticia.
Han pasado más de dos años desde que me dijiste que ya no estabas enamorado de mí y lo cierto es que aún pienso en tí cada día. Dicen que el tiempo lo cura todo, pero a este paso si consigo olvidarte será por Alzheimer. Me acuerdo de tu voz ronca y del sonido de tu risa. El otro día creí oírte por la calle. Me quedé paralizada.
Te preguntarás por qué te cuento esto, si se trata de un último intento a la desesperada por recuperarte. Sabes que ese nunca ha sido mi estilo, el de forzar situaciones abocadas al fracaso. Sólo quiero que sepas que aunque durante todo este tiempo me he esforzado por odiarte, por encontrar razones para pensar "si en realidad no es para tanto, seguro que encuentro a alguien mucho mejor", no lo he conseguido. Nadie ha podido cubrir tu ausencia. Todavía no.
Supongo que ella te ha hecho sentir cosas que nunca llegaste a sentir conmigo, que no estábamos destinados a estar juntos después de todo. Al menos me libraré de llamar Leopoldo a mi primer hijo...
Perdona que irrumpa así, con esta carta, en tu vida, pero necesitaba que supieses que aún te quiero y que, por eso mismo, te deseo lo mejor, que espero, de verdad y aunque me cueste reconocerlo, que seáis muy felices juntos.

lunes, 8 de diciembre de 2014

AMOR (II)

Amor-pasión (eros)

Pongamos que alguien me pidiese que definiera este tipo de los tres que hay del amor. No es que se me antoje muy probable que algún curioso me vaya a parar por la calle para, en lugar de preguntarme por el monumento de turno (Brad Pitts a la izquierda, Angelina Jolies a la derecha), hacerlo por mi definición personal del amor-pasión, pero yo, por si acaso, me la llevo preparada de casa, no vaya a ser...
 
Le he estado dando vueltas al asunto últimamente, aprovechando esos momentos cotidianos que invitan a la evasión: la cola del supermercado, subida en escaleras mecánicas, bajada en escaleras mecánicas (muy habitual donde vivo, que no, no es un Corte Inglés) o mientras mis compañeros de trabajo hablan de fútbol (¿sabíais que Cristiano Ronaldo es especialista en la técnica de lanzamiento conocida como la "folha seca"? Cosas que me pasan por no evadirme a tiempo). Ahí va el resultado de tanta cavilación: el amor es la intensa y constante necesidad de otro. De estar con él, de saber de él, de contarle lo que hacemos. Una necesidad que puede surgir de repente al conocer a alguien o ir gestándose progresivamente en el seno de una relación más o menos estrecha. Hasta un ser despreciable y egoísta como el J.Edgar interpretado por Leonardo Di Caprio habla de necesidad cuando al final de su vida revela a su compañero Tolson que fue eso lo que sintió la primera vez que le vio, dejando entrever su presunta relación amorosa. Sabía que le necesitaba desde el mismo momento en el que le conoció cuando nunca antes había sentido necesitar a  otra persona.
 
Mucho más interesante es, sin embargo, la explicación que del amor hace nuestro "enigmático libro". En él se dice que el amor-pasión es el amor que sentimos cuando estamos enamorados, añadiendo que el libro más bello jamás escrito sobre este tipo de amor, en opinión de casi todos los filósofos, es una famosísima obra de Platón llamada "El banquete". Se trata del relato de un diálogo que cuenta una comida entre amigos o una "borrachera en común". Y es que, qué duda cabe, los diálogos más fructíferos surgen en tales circunstancias (hasta que alguien tiene la brillante idea de invitar a chupitos de Jagger o de acabar la noche en Valencia).
 
Cada comensal, y son siete, formula su discurso, que es a la vez un intento de definición y un elogio del amor, si bien la tradición filosófica casi siempre destaca dos de ellos: el de Aristófanes y el de Sócrates.
 
Aristófanes nos cuenta una historia que ocurre en un tiempo anterior al tiempo en el que cada hombre y cada mujer eran dobles y, sin embargo, formaban una unidad perfecta. Es decir, tenían dos rostros, cuatro brazos, cuatro piernas y dos sexos. Algunos tenían dos sexos de hombre (los denominados varones); otros tenían dos órganos sexuales de mujer (conocidas como mujeres); y otros, por último, tenían un sexo de hombre y uno de mujer (los andróginos). Estos humanos, así dotados, tenían una fuerza y una audacia increíbles, hasta el punto de que intentaron escalar el cielo para luchar contra los dioses. Éstos, con el gemelo subido de puro miedo, fueron a ver a Zeus, el dios de los dioses, para pedirle que interviniera. Lo que hizo entonces Zeus fue partir en dos a aquellos humanos, siendo la versión resultante, nosotros, dos veces más débiles que aquéllos.
 
Desde esa escisión originaria, que nos hizo pasar de la unidad a la dualidad, de la completud a la incompletud, buscamos sin descanso la mitad que nos falta, nuestra "media naranja". Así las cosas, queda claro que Pau Donés es un seguidor de Aristófanes en toda regla.
 
 
 
 
Por cierto, una teoría o mito como este explica las diferentes orientaciones sexuales de las que es capaz la humanidad. Los que proceden de un varón son los homosexuales masculinos, las que proceden de una mujer son las homosexuales femeninas y quienes proceden de los andróginos son los heterosexuales. Se le escapan, eso sí, los bisexuales, a lo que quizá respondería con un "están en fase de transición quedando englobados en algunas de las anteriores categorías cuando encuentren a su media naranja".
 
Llegados a este punto no me cabe ninguna duda de que el tal Aristófanes, de existir hoy en día, trabajaría en Telecinco y que "Adán y Eva" sería el "Cuéntame cómo pasó" versión Jagger.
 
Señala André Comte-Sponville que este discurso de Aristófanes nos presenta el amor tal como nos gustaría que fuese, pero no como es en realidad; tal como lo soñamos, especialmente cuando somos jóvenes, el amor absoluto, el "gran amor", dotado de cuatro características principales: la exclusividad, la perpetuidad, la felicidad y la fusión.
 
Es Sócrates quien dice la verdad sobre el amor, quien lo describe tal como es, dice Comte-Sponville. Se resume en la siguiente ecuación:
 
amor = deseo = falta
 
"Sólo amamos aquello que deseamos, sólo deseamos aquellos que nos falta".
 
Desde esta perspectiva, enamorarse es que una cierta ausencia o la ausencia de cierta persona se ha apoderado de tí y es como un vacío que se va abriendo en tu alma o en tu mundo y que te arrastra. Enamorarse, en lenguaje platónico, es descubrir que echamos terriblemente de menos a alguien y que su posesión, eso creemos, nos colmaría de felicidad. En mi opinión, no hay película que mejor refleje esta teoría que "La vida de Adele", aunque he de reconocer que no he visto tantas películas como me hubiera gustado.
 
¿Qué ocurre cuando ya no existe la falta, cuando se tiene aquello que, desde entonces, ya no nos falta? Cabría pensar que la felicidad, ¿no? Pues no, llega Schopenhauer y nos espeta que ese estado no es ni el sufrimiento ni la felicidad, sino el tedio, entendido como "la ausencia de felicidad allí donde se esperaba que ésta existiera". Pero es que, por si fuera poco profundo el pozo al que Schopenhauer ha tirado toda la ilusión en la que descansa el discurso de Aristófanes, ahonda un poco más con la siguiente frase: "La vida oscila como un péndulo entre el sufrimiento y el tedio".
 
¿De verdad es esto lo que nos espera a quienes transitamos desde la ilusión de Aristófanes a la crudeza de Sócrates? Ni tanto ni tan poco, por favor. Hablemos del punto medio en el que, según Aristóteles, reside la virtud. Hablemos de la felicidad auténtica, dure lo que dure, que te embarga cuando estás en compañía de la persona que amas, cuando te pierdes hablando con ella mientras el tiempo pasa más rápido y amanece más temprano. "Hablemos de polvo y herida", de la necesidad que no se puede cubrir, del sufrimiento de echar de menos, de querer ejercer el derecho al olvido y no saber cómo. Pero hablemos también de que, como dijo una buena amiga, "todo llega", incluido el día en que, no es que duela menos, es que ya no duele nada porque has dejado de necesitar lo que no podías tener.


 
 



domingo, 9 de noviembre de 2014

AMOR (I)

Hace no mucho tiempo leí un libro muy interesante. Lo leí, lo disfruté y lo olvidé. Así ocurre con muchas de nuestras experiencias vitales, ¿verdad?. En realidad, lo que nos marca no es tanto ese libro, esa película o esa canción, sino las circunstancias en que los descubrimos. El “yo soy yo y mi circunstancia” de Ortega y Gasset que ya mencioné en mi anterior entrada. Un ejemplo clásico: esa canción pastelosa hasta la caries que pase el tiempo que pase te va a seguir recordando a esa persona por la que lo hubieras dado todo, pero que probado un trocito se llenó hasta el hartazgo. Esa misma canción no habría llamado tu atención, no se habría incrustado en tu memoria selectiva y no seguiría erizándote el vello o sacándote una irónca sonrisa (no seamos fantasmagóricos con la invocación al vello en punta) si no fuera por la circunstancia de enamoramiento febril en que te hallabas. Ojo, esa canción puede ser un temazo de ayer, hoy y siempre, un prodigio musical, pero no es mi caso, ¿qué le voy a hacer?. Es como el garrafón: tú no lo eliges, ÉL te elige a tí.

El caso es que las circunstancias en que descubrí aquel libro no me permitieron dedicarle un hueco en mi estrecho cajón de los recuerdos, apremiado por eventos de otra naturaleza que exigían todo mi tiempo y esfuerzo. Y es que nadie me recomendó ese libro. Llegó a mi vida como una ola, como diría “La Más Grande”, y se fue, también, con la marea.

Sin embargo, en circunstancias más favorables ha reaparecido este “enigmático” libro, en el momento oportuno para tratar un tema al que siempre he querido dedicarle unas líneas: el amor. Sí, queridos lectores (oh!), es el tema más interesante, si no para todos, sí, al menos, para la mayoría de las personas; si no siempre, sí, al menos, la mayoría de las veces. Prueba de ello es que el amor está presente en casi todas las películas, series, libros, canciones y poemas. También en la vida real, aunque a veces cueste reconocerlo. “¿Qué es más apasionante que amar y ser amado?”.

Ahora bien, como este tema da para mucho, lo trataremos en varias entradas. No me pregunteis cuántas, pues no me gusta planear más allá de la próxima comida. Sólo diré que “vario”, del latín varius (aquí se comieron la cabeza), significa en plural algunos, unos cuantos según la RAE, así que será más de una entrada (lo que hay que hacer para rellenar hoja).

Dice André Comte-Sponville en el referido libro que el amor es una virtud, aunque reconoce a continuación que no todo el amor es virtuoso y pone ejemplos como el amor por el dinero o por el poder o, a fortiori, el amor por la violencia y la crueldad. Define también la virtud como “una cualidad moral, es decir, una disposición que nos hace mejores, más excelentes, como diría Montaigne (…), o simplemente más humanos”. Siendo a veces una virtud, no puede ser un deber. En este sentido, Kant ha afirmado que “el amor es cosa del sentimiento, no de la voluntad. Yo no puedo amar porque quiera, pero todavía menos porque deba; de ahí que un deber de amar sea un absurdo”.

¿Os imaginais una sociedad en la que todos fuéramos virtuosos y nos amáramos unos a otros? Suena a utopía, más que nada porque nuestra capacidad de amar, no nos engañemos, es limitada. Amamos a un grupo reducido de personas del total con el que nos relacionamos. Téngase en cuenta que cuando hablo de amar, me refiero al amor en sentido amplio, que abarca, según el libro en cuestión, tres tipos de amor: el amor pasión (eros), la amistad (philia) y la caridad (ágape). -Sí, yo también me he quedado loca con este último; creí que Ágape era sólo un bar de copas-. Si el amor no cubre la totalidad de nuestras relaciones, ¿cómo ordenar las huérfanas de amor? Con la moral. Ésta nos dice que actuemos por amor o, como mínimo, como si amáramos. “Se trata de imitar, en nuestros actos, el amor que debería guiarlos o que de hecho los guía, pero como ideal y no como sentimiento real”. Un ejemplo (no tan clásico): un nieto que, por lo que sea, no ama a su abuela, no siente amor por ella, pero sometido a los dictados de la moral actúa como si la amara. En definitiva, “necesitamos la moral en función de nuestra incapacidad, en una u otra situación, para amar”.

¿Qué pasa cuando no puedo o no me da la gana de actuar de acuerdo con la moral, pero tampoco quiero ser objeto de sanción ni de oprobio? Entonces nos situamos en el nivel más básico, el que tan sólo nos exige actuar conforme a derecho, “que es el que se refiere a las relaciones objetivas (diría Hegel)”, y conforme a las reglas de la educación, “que se refiere a las relaciones subjetivas o intersubjetivas”. La diferencia con la moral, entiendo, es que ésta es más exigente que el derecho y que la educación y, quizá por esa razón, menos efectiva. Esto es, derecho y educación nos marcan el mínimo. De ahí, al cielo. Lo que no tengo tan claro es en qué nivel situar eso que he dicho en la anterior entrada de "espera del otro lo que tú le has dado". Está claro que no en el del amor, se queda corto ante tan importante virtud. ¿Demasiado, sin embargo, para el nivel básico? La decisión, queridos lectores (oh, oh!), la dejo en vuestras manos.

Me despido con un fragmento del “enigmático” libro que me ha gustado mucho:

“(...) el espíritu del amor es un espíritu de libertad: cuando el amor es más fuerte que el ego, ya no hay que preocuparse de la moral, ni del deber, ni de la obligación; ya solo hay que actuar por amor, y eso basta”.


lunes, 6 de octubre de 2014

" No esperes nada de nadie"

La frase que elijo como título de mi primera entrada como blogger no es mía, pero a fuerza de escucharla a personas de las más variada índole y cercanía, temo acabar tomándola como creación propia, fraguada en lo más profundo de mis entrañas. Y temo este hipotético hecho, especialmente, porque en los últimos años de mi ya no tan corta existencia han sido varios los momentos en que me he sentido profundamente decepcionada con la Humanidad en general y con algunos de sus representantes en particular. ¿Por qué mi reticencia?, os preguntaréis quienes ya os habéis apropiado de tan célebre frase, cuyo origen, por cierto, se atribuye nada menos que a William Shakespeare.

En primer lugar, porque no creo que sea posible llevarla a la práctica. Puedes repetirla cada mañana, escribirla en el papel que un imán (souvenir de tus lejanas vacaciones en Benidorm) mantiene pegado a la nevera o tatuártela en cualquier lengua menos en la propia (porque queda más exótico, para qué engañarnos), pero en el mismo momento en el que inicies una relación, por superflua que ésta sea, empieza la maquinaria que nos hace esperar de aquel con quien nos relacionamos que nos trate, al menos, de la misma forma en que nosotros le estamos tratando. Ello, en mi opinión (y siempre en la mía, que a la del resto de la gente no suelo tener tan fácil acceso), responde a una idea mucho más antigua a la presuntamente alumbrada por Shakespeare: a la idea o, quizá mejor, ideal de justicia. En expresión acuñada por los romanos, la justicia consiste en "dar a cada uno lo suyo". Luego, si te diriges a alguien amablemente, ¿no es justo esperar que esa persona responda de igual forma? Y, del mismo modo, si nos comportamos como capullos integrales, ¿no es justo esperar un trato análogo?. No podemos olvidar que el ideal de justicia preside la vida en sociedad desde que "el hombre es hombre" (expresión ésta que utilizo porque quiero suponer que nos remonta a tiempos inmemoriales). Es decir, y con esto cierro mi primer argumento, el ideal de justicia y, por conexión, esperar un trato justo de nuestro congéneres cuando con ellos hemos actuado de forma justa, se halla tan arraigado en nosotros, en nuestra cultura, que dudo mucho que la frase en cuestión pueda llegar a calar de verdad en nuestras conciencias. Tú, que me lees y no estás de acuerdo, detente a pensarlo.

Ahora bien, si este primer argumento no acaba de convencerte, y aunque convencer al eventual lector de estas líneas no es el verdadero propósito de quien las escribe (el verdadero permanecerá oculto, al menos durante esta entrada; dejemos algo de campo al enigma), ahí va otro más.

Espera de mí que te trate bien, con respeto y educación. No pienses que con ello busco caerte bien, ganarme tu favor, tu voto, tu simpatía, ligar contigo. No. Espéralo porque es lo que te mereces. Y si fallo, si te recibo con un mal gesto, una palabra fuera de tono, espera antes de juzgarme, sé benévolo y piensa que quizá mi respuesta equivocada se debe a las circunstancias adversas en que me hallo inmersa y que no he sabido gestionar. Sé justo y benévolo porque tanto tú como yo nos equivocamos, porque somos humanos. Sé justo porque a tí, lo de equivocarte, también te ha pasado antes y es posible que te vuelva a pasar. Sé benévolo y dame otra oportunidad, como la que a ti también te dieron o como la que te hubiera gustado que te hubiesen dado y, en este último caso, disfruta el hecho de haber sido mejor que quienes te negaron aquélla. No te apresures en juzgar a quien tienes en frente si no quieres verte sometido al mismo trato en tu próxima actuación y si, finalmente lo haces, ten en cuenta las circunstancias. El "yo soy yo y mi circunstancia" de Ortega y Gasset.

En resumen, propongo cambiar la célebre frase con la que comenzaba este artículo por otra que incite menos al suicidio. ¿Qué tal un "espera del otro lo que tú le has dado"?